CAPÍTULO 9
"Roma dice: No ir a misa es pecado mortal. Los pseudo evangélicos igual".
La iglesia de Roma para obligar a los católicos a
asistir a sus misas, ideó un plan para
presionarlos por medio del terror. Puso bajo
pecado mortal a todos los que falten sin causa
justificada, y les dijo que nadie que estuviera
en pecado mortal podrá entrar en el cielo.
Por los informes que ha entregado su propia
organización que sólo el 6% de los católicos
están asistiendo a misa, significaría que un 94%
se van al infierno.
Parece ser que cada día pierden más la
credibilidad entre su propia gente, porque
mientras sus templos se están vaciando, las
estadísticas muestran que la iglesia cristiana
evangélica solo en Latinoamérica, está avanzando
a un ritmo de tres veces del crecimiento de la
población.
Aún destacando que éstas consideran
evangélicos a los que asisten tres, cuatro a
cinco veces por semana a sus iglesias. Pero esto
tampoco debiera enorgullecernos, porque
bien sabemos que allí también se ha logrado
infiltrar mucha cizaña.
Este es también uno de los propósitos de estos
estudios, que nadie se engañe y comprenda antes
que sea demasiado tarde, que cuando Cristo venga
no se va a llevar a los simpatizantes, sino a los
que realmente han nacido de nuevo. Esta es
también la enseñanza que nos dejó en la parábola
de las diez vírgenes.
Cuando él venga a buscar su
iglesia, no se llevará a todos los que se
encuentren en el local de una iglesia, tampoco
será suficiente que tengan Biblias en sus
manos y tengan apariencia de cristianos.
Únicamente los que han nacido de nuevo, se han
arrepentido de sus pecados y los han confesado al
Señor; los que habiendo creído han sido sellados
con el sello del Espíritu Santo, esos irán con
él, como dice en Ef. 1:13 "vosotros, habiendo
creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu
Santo de la promesa".
En Ef. 4: 30
nos asegura que este sello de propiedad de Dios
nos acompañará hasta el día de nuestra redención
plena, cuando Cristo regrese por nosotros. Dice
en el cap. 4 verso 30 "Fuisteis sellados con el
Espíritu Santo para el día de la redención".
Como veíamos, lamentablemente en el día de hoy
los pseudo evangélicos están utilizando las mismas
técnicas de los romanistas. No les dicen que si
faltan a las actividades que se les imponen en
sus iglesias están en pecado mortal, pero en la
práctica significa lo mismo, porque en muchos
lugares sus líderes, como una manera de asegurar
la asistencia de sus miembros y mantenerlos en
"sus" iglesias, les están diciendo que si el
Señor viene y ellos no se encuentran presente,
juntos con sus hermanos en la fe, se quedarán
aquí y no se irán con el Señor.
Todas estas doctrinas espúrias tienen como única
base la porfía del hombre de insistir en que la
salvación es por obras. Dios ha dicho que somos salvos por fe no por
obras, pero el corazón vanidoso del hombre se
resiste aceptarlo.
La salvación por gracia, no por obras, fue el
gran estandarte de lucha de los reformadores de
Siglo XVI, hoy los pseudo evangélicos pretenden
borrarlo de una plumada.
Si aceptáramos este gran postulado bíblico, que
no somos salvos por obras, podríamos reconocer
fácilmente todas las otras doctrinas extrañas que
se están introduciendo, como consecuencia de
quebrantar esta verdad fundamental del evangelio
de Jesucristo. Por ejemplo que la salvación no es
por perseverar, porque si fuera así, dependería
de nuestras obras.
La salvación no se puede perder, porque al
sostener lo contrario estaríamos dependiendo de
lo que nosotros hiciéramos, sea bueno o sea malo,
lo cual serían obras nuestras.
Tampoco el bautismo tiene ninguna participación
en nuestra salvación, porque eso también es una
obra.
Lo mismo sucede cuando algunos chantajistas dicen
que si no pagamos el diezmo le estamos robando a
Dios, y como los ladrones no entrarán en el reino
de los cielos, también nuestra salvación estaría
dependiendo de esa obra.
Si aceptamos la verdad bíblica como dice por
ejemplo en Tito 3:5 "nos salvó, no por obras de
justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por
Su misericordia". O como dice en Rm. 11:6 que
nos asegura que somos salvos por gracia,
textualmente dice : "y si por gracia, ya no es
por obras, de otra manera la gracia ya no es
gracia. Y si por obras ya no es obra". .
La verdad es que somos salvos por su gracia,
"por el puro afecto de su voluntad" (Ef.1:5), no
por obras nuestras. La única obra que puede
salvarnos es la obra redentora que Cristo realizó
en la cruz del Calvario, porque como el apóstol
Pedro lo aseguró en Hch. 4:12 "en ningún otro
hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el
cielo, dado a los hombres, en que podamos ser
salvos".
Una vez que nos arrepentimos y pedimos perdón por
nuestros pecados al Señor, él nos da la salvación
eterna, nos sella con el Espíritu Santo.
Entonces, como fruto de esa salvación que el
Señor nos ha dado, comenzamos a hacer obras, no
para ser salvos, porque ya somos salvos.
Las
obras del creyente salvado son producto del
Espíritu Santo que ahora mora, habita en él,
porque dice la Palabra del Señor que pasamos a
ser "templos del Espíritu Santo".
Todas las obras que no hayan sido realizadas en
el Espíritu, serán quemadas como "madera, heno,
hojarasca, porque el fuego la probará"
(1Cor.3:12). En el verdadero hijo de Dios es el fruto natural de un corazón
agradecido, que por amor y gratitud a su Señor
comienza a servirle.
Aún las obras que hacemos las diseñó Dios. Dice
en Ef. 2:10 después de asegurarnos que somos
salvos por gracia, no por obras, continúa en el
verso 10 "porque somos hechura suya, creados en
Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios
preparó de antemano para que anduviésemos en
ellas".
En Filipenses 2:13 dice: "Porque Dios es el que
en vosotros produce así el querer como el hacer,
por su buena voluntad".
Si lográramos realizar todas las cosas que Dios
nos ha ordenado, no seríamos más que "siervos
inútiles" (Lc.17:10).
Él nos salva, él nos da el Espíritu Santo, él nos
concede a cada uno en particular un don para que
le sirvamos, él produce en nosotros tanto el
querer como el hacer y él es quien diseñó las
obras para que sus redimidos, los salvados,
andemos en ellas. Primero nos salva, luego nos capacita para que le
sirvamos en su obra.
El creyente verdadero asiste a las reuniones de
su iglesia no por temor, ni por presión o por
complacer a sus hermanos. Sólo por amor a su
Salvador a quién tanto le debe. Se identifica con
el salmista (Sl. 84:2 y 10) "Anhela mi alma y
aun ardientemente desea los atrios de
Jehová,...porque mejor es un día en tus atrios
que mil fuera de ellos".
Al igual que el novio desea y anhela estar junto
a su amada no porque alguien lo esté amenazando,
sino porque el profundo amor que siente por ella
le impulsa a estar a su lado. Así el verdadero
creyente asiste a las reuniones de su iglesia y
se compromete con las actividades de ella, no
porque le estén presionando con la mentira de
que perderá su salvación si Cristo viene y no le
encuentra allí, sino porque ama a su Señor.
El libro de Cantares es el que mejor refleja este
amor profundo que siente el cristiano por su
Amado.
No existe otro libro en la Biblia donde el
creyente espiritual halle un manantial de aguas
más dulces que este de Cantar de los cantares. El
amor puro y limpio se regocija en esta fuente de
exquisito deleite. Es en esa intimidad con su
Señor que el cristiano verdadero se deleita con
su amado y también descubre el corazón del Señor.
Esto es lo que verdaderamente revela al corazón
regenerado y lavado en su sangre preciosa, su
anhelo espiritual intenso por el Señor, es cuando
percibimos la fragancia de su presencia que nos
envuelve.
El cristiano verdadero sabe que el Señor busca
principalmente adoradores que
le adoren en espíritu y en verdad. Se sienta
con un corazón palpitante bajo la sombra del
deseado.
El Señor desea que nos acerquemos a él no por
temor ni por complacer a los hombres, sino porque
le amamos profundamente.
Que el Espíritu Santo nos dé mayor gracia para
que cada día podamos seguir impregnándonos más
intensamente de su amor y disfrutar más
plenamente de su presencia, del servicio que él
en su misericordia nos conceda hacer para su
gloria.