N° 2
Por Jack Fleming
www.EstudiosMaranatha.com
La gran mayoría de las personas asegura casi sin pensar:
“Creo en Dios”. Por esta razón las
estadísticas entregan una cifra exageradamente alta para referirse a los
“creyentes”. Inclusive en el mundo religioso, ese número se reduciría
considerablemente si se entendiera exactamente lo que significa: Creer en Dios.
Hoy tenemos una cristiandad que
eufóricamente se ha hundido en el pantano de un misticismo emocional enfermizo,
que no le permite discernir de una
forma racional y menos aún, de acuerdo a las Escrituras. Creen en un dios, pero
no es el Dios que nos revela la Biblia.
El dios que muchas iglesias están
presentando para atraer multitudes, es uno que se encuentra plenamente al
servicio de los “creyentes”, es más, hay lugares donde se les enseña “exigirle
a dios”. Otros, que no sé si llamarlos más sinceros o insolentes, adoctrinan
abiertamente que ellos mismos son dioses. Por lo tanto, no es de extrañarnos de
ese concepto equivocado que se tiene de Dios.
Se acepta a ese dios contemporáneo
cuando su voluntad coincide con la nuestra, es decir, cuando las cosas salen
como nosotros queremos (porque para eso somos dioses). Pero el Dios que nos
presenta la Biblia, es uno donde él soberanamente hace Su voluntad, tanto en el
cielo como en la tierra.
Muchos aceptan la existencia de un dios
que a lo más, haga su voluntad en el cielo, pero aquí en la tierra y en su vida
personal, las cosas tienen que hacerse conforme a sus propias voluntades.
Otros, que pretenden ser más humildes, porque
no se atreven a considerarse dioses, se han creado un dios con las
características del genio de la lámpara de Aladino; pero el efecto es el mismo,
ellos son los que piden y el otro es su siervo que le concede todos sus deseos.
Antes de contestar si cree en Dios, es
necesario aclarar de cual dios estoy hablando. Al Dios que yo me estoy
refiriendo, es el que nos presenta la Biblia, y a ningún otro que hombres con
complejo de diosecillos han creado.
Éste es un Rey Soberano, que gobierna
sin consulta ni necesidad de aprobación de ninguna de sus criaturas. Los que
creen en ese Dios, son los creyentes que se someten a cada uno de sus
designios, sin cuestionarlos ni condenarlos.
Ser cristiano en el concepto puramente
bíblico, es en primer lugar haber nacido de nuevo, y a consecuencia de ese
nacimiento haber recibido una nueva naturaleza, la espiritual, sin la cual no
podríamos entender estas cosas. (1Cor. 2: 14) Porque: “el hombre natural no
percibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las
puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”.
Los creyentes que han nacido de nuevo,
no solamente han recibido el Espíritu Santo para entender, sino que también
para aceptar las cosas que están más allá de nuestra simpatía o aprobación. En
otras palabras, han recibido la fe y las fuerzas para someterse aún a aquellas
cosas o situaciones que escapan de nuestra limitada comprensión. Aquellas que
no podemos entender su razón de ser, pero las dejamos en las manos del Dios
Soberano, confiando que él siempre nos dará lo mejor, aunque en el momento de
la angustia nuestra humana naturaleza nos diga lo contrario.
Muchos “cristianos” que llenan las
iglesias, creen en Dios solamente si la voluntad divina coincide con la de
ellos. Pero cuando pasamos por un valle de sombra de muerte, las tinieblas
invaden nuestra alma y el sonido del trueno nos estremece de terror, es allí
donde descubrimos al verdadero Dios de la Biblia.
Cuantos han sido los que Dios les ha
permitido pasar por esas oscuras avenidas, con el sólo propósito que se
conozcan a ellos mismos y la realidad de su fe. Aún me conmueve al recordar la
experiencia de una persona que durante años fue muy activa y fervorosa en su
iglesia, pero un día el Señor llamó a Su presencia a su pequeña hija, y eso fue
suficiente para que se revelara en ella la realidad de su fe. Fue terrible
escucharla renegar de Dios, cuando su dolor angustioso la llevó a blasfemar
contra ese Dios que ella decía creer y servir.
Los mutiladores de los atributos
divinos, presentan únicamente a un Dios de amor, que está preocupado
exclusivamente de nuestro bienestar terrenal. Como a ellos les interesa
solamente atraer gente para que la recaudación de sus diezmos y ofrendas sean
más substanciosas, les han creado un dios a su medida, conforme a sus propios
corazones. Inclusive escriben en el rótulo de sus iglesias: “Dios es Amor”.
Pero nunca he visto que diga: “Dios es Santo”
o “Dios es Soberano”, porque eso
no sería atractivo ni beneficioso para sus mezquinos y sórdidos propósitos.
Lo único importante que les presentan es
su felicidad temporal, y otra muy nebulosa que sería la celestial. Pero el
énfasis estará permanentemente concentrado en la felicidad temporal que ese
dios siempre estará dispuesto a satisfacer y a cooperar con ellos, para que
esta vida terrenal esté exenta de dolores, enfermedades y aflicciones. ¿Algo le
angustia? Exíjaselo a Dios. ¿Dios no le responde? Eso es porque usted no tiene suficiente fe.
Esa doctrina del error ha llenado las
iglesias de hoy. Pero también a muchos les ha llevado a blasfemar contra Dios
cuando las esperanzas en el dios que le enseñaron, no logra satisfacer sus
expectativas.
El Señor Jesucristo en su perfecta
humanidad, nos dejó un vivo ejemplo de lo que significa creer en Dios, es
someterse plenamente a Su voluntad. En el huerto de Getsemaní, cuando su dolor
era tan intenso que su sudor era como grandes gotas de sangre, en una agonía
desfalleciente, pero que nunca le hizo dudar de su misión, dijo: “hágase tu
voluntad”. Eso fue lo que enseñó en el Padre nuestro y ahora lo ponía en
práctica.
No existe una evidencia más plena de
nuestra fe y una comunión más intensa con Dios, que cuando nos encontramos en
ese camino doloroso que nos obliga a mirar hacia el Todopoderoso, para
reconocer que más allá de nuestra voluntad y deseos de eludir ese quebranto,
está únicamente el Dios Omnipotente con su voluntad Soberana.
Es entonces cuando se reconoce su
grandeza que nos hace temblar, y al mismo tiempo nos revela nuestra pequeñez e
incapacidad para controlar las circunstancias que nos rodean. Quedamos
expuestos a su Majestad y Poder que nos abruma. Quizás por vez primera le
podemos ver en su exacta dimensión cual Dios Todopoderoso, Creador de todo el
universo, Rey Omnipotente que reina, gobierna y ejerce su voluntad sobre cada
una de sus criaturas.
Esa visión del auténtico Dios, con toda
su grandeza y poder, es la que también nos hace vernos en nuestra real
insignificancia y debilidad.
Seguramente que los seres angelicales
conociendo esa verdadera naturaleza divina, les hace inclinar reverentemente
sus cabezas ante su presencia y exclamar con mucho temor y reverencia: “Santo,
Santo, Santo, toda la tierra esta llena de su gloria”.
También aquellos santos hombres de Dios
que le han conocido más profundamente, como el apóstol Pablo, solo atinan a
decir anonadados (Rm.11: 33) “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y
de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondable
son sus juicios, e inescrutables sus caminos!”. Y ante su petición de sanidad para su propia enfermedad, cuando
el Todopoderoso le rehusó concedérsela y le dijo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la
debilidad”; la estatura espiritual del apóstol le obligó resignadamente
aceptarla para no volver a insistir, y menos aún exigirle a Dios o acudir a un
curandero para que le practicara una “sanidad”.
Cuan diferente es la actitud de aquellos
cuando se encuentran ante su dios que sus propias mentes han creado. Cual los
profetas de Baal (1Ry. 18: 26-29) están largas horas saltando, gritando y
exigiéndole, o visitando a uno u otro “sanador” para obtener lo que ellos
demandan de su divinidad.
El camino doloroso de la aflicción, es
uno que ningún creyente desea recorrer, pero cuan necesario es para obtener un
conocimiento más real de Su Persona Santa y Gloriosa; del Dios Creador,
Soberano y Todopoderoso; Rey de Reyes y Señor de Señores.
En el día de la adversidad, la
enfermedad, la angustia, cuando la oscuridad es más intensa a nuestro
alrededor; es que brillará con mayor nitidez y profundidad, el reconocimiento
absoluto de que estamos en la mano de un
Ser infinitamente superior a nuestra voluntad y capacidad humana.
Allí entenderemos que Sus designios no
son controlados por nuestra voluntad y que él Soberanamente nos hace transitar
ante una absoluta impotencia, hasta que las tinieblas invaden nuestra alma. Es
entonces cuando temblaremos en Su presencia al descubrir al Dios real de la
Biblia, y recién conoceremos que Él es el centro del universo y no nosotros.
Sus propósitos exceden a nuestra
comprensión. Su poder es infinitamente superior a nuestros deseos y a todo lo
que el hombre pueda hacer.
Este camino doloroso que lleva hasta la
presencia del verdadero Dios, es el que han recorrido los auténticos creyentes
que efectivamente han creído en Él, porque le han conocido como realmente es.
Es muy fácil creer en un Dios de Amor,
especialmente si todas las cosas están sucediendo conforme a nuestra voluntad.
Pero muy pocos son los que genuinamente creen en un Dios Soberano, Santo y
Justo, que hace Su voluntad en los cielos, como en la tierra. Y menos aún son
los que continúan creyendo en medio de la adversidad, pero eso es precisamente
lo que significa “creer en Dios” conforme a las Sagradas Escrituras. El Señor
Jesucristo también estableció esa diferencia al señalar en Jn.7: 38 “El que
cree en mí, COMO DICE LA ESCRITURA”.
También es digno de considerar que
muchos que se hacen llamar creyentes en la iglesia, en la vida cotidiana que es
donde realmente importa, como el hogar, el trabajo, el colegio, en el sector
donde vive; nadie los calificaría como tales. La hipocresía religiosa funciona
solamente en la iglesia, pero afuera, donde nos conocen como realmente somos,
ese barniz de santidad nos cubre menos que las hojas de higuera con que
pretendieron cubrirse nuestros primeros padres después de su caída.
Pero la Biblia nos muestra una gran
galería de hombres y mujeres que realmente han creído en Dios. Podemos señalar
a Job, quien ante la más aterradora experiencia, pudo seguir diciendo (Job 2:
10) “¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el
bien, y el mal no lo recibiremos?”.
Ester, cuando arriesgando su propia vida
intercedió por su pueblo y dijo (Ester 4:16): “si perezco, que perezca”.
María, cuando recibe el anuncio del
ángel (Lc.1:38). Sin importarle las
implicancias sociales y familiares, aún sabiendo que según la ley sería
apedreada, dijo: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu
palabra”.
Pablo dice en 2Cor.11: 23-29 “en azotes
sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos
cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado
con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un
día he estado como náufrago en alta mar; en camino muchas veces; en peligros de
ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los
gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar,
peligros entre falsos hermanos; en trabajos y fatiga, en muchos desvelos, en
hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez, y además de otras cosas,
lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias.
¿Quién enferma, y yo no enfermo?”.
Con un testimonio como este, los
comerciantes de la fe de nuestros días no dudarían en afirmar que esas cosas no
pueden sucederle a un hijo del Rey. Un hijo del Rey tiene que vivir a su nivel,
lo que hoy correspondería a hospedarse en hoteles cinco estrellas. Y si usted
enferma y no sana, se debe a su falta de fe. Dicen: ¿No saben que Cristo llevó todas
nuestras enfermedades?. Sin embargo, el gran apóstol Pablo dice humildemente:
¿Quién enferma y yo no enfermo?. Posteriormente, cuando ha madurado y crecido aún más en el Señor, comprende mejor los planes de Dios y dice a los Gálatas en su epístola en el cap.4: 13 "a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio".
Pese a todas sus tribulaciones y
enfermedades, su fe se mantuvo incólume, porque él era una persona que
realmente creía en Dios que controla todas las cosas, así que aún desde el
calabozo de más adentro, pudo seguir cantando himnos al Señor y con su
testimonio traer a los pies del Señor inclusive a su carcelero.
Es muy fácil decir creer en Dios cuando
todas las cosas van bien, pero la fe verdadera se reconoce en medio de la
tribulación. Seguramente que también puede ser otra de las razones por la que
Dios concede a algunos pasar por esos caminos dolorosos de la adversidad, para
que no continúen engañados y tengan que abrir sus ojos en el infierno, cuando
sea demasiado tarde.
A otros, que siendo creyentes de verdad,
les deja caminar por sendas tortuosas para templar su fe. 1Pd. 1: 7 “para que
sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque
perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando
sea manifestado Jesucristo”.
En el horno de la prueba es donde Dios
separa en nosotros el oro de la escoria. Creo que el Señor purifica con mayor
intensidad a los creyentes que él ha destinado para trabajos más especiales,
porque la historia nos muestra que todos los hombres de Dios, mientras más
fieles y usados por Él han sido, mayores pruebas han tenido que sobrellevar. En
el quebranto es cuando los creyentes exhalan su mejor fragancia, la del Espíritu
Santo que mora en ellos.
Hoy en día una inmensa mayoría dice creer en Dios,
inclusive muchos asisten regularmente a una iglesia a deleitarse con el
evangelio de ofertas, las señales y experiencias, los coros y la música; pero
basta con que Dios los toque levemente, para hacerlos temblar y reconocer que
no creen en el Dios de la Biblia.
Tampoco es suficiente creer en la existencia de Dios,
porque eso hasta los demonios lo hacen (Stgo. 2: 19) “creen”, y además
tiemblan.
Antes de responder apresuradamente, medite con
reverencia y seriedad para contestar a esta pregunta que tiene repercusiones
para toda una eternidad: “¿Cree usted en Dios, como dicen las Escrituras?”.
|