Venid Luego













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N° 22


Por Jack Fleming

Is.1: 18 "Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana".

En este pasaje el Señor nos hace un llamado, éste es para que estemos a cuenta con él. Toda persona, quiéralo o no, un día tendrá que enfrentar a su creador; podemos hacerlo durante nuestra vida terrenal, o después de la muerte.

Dice Dios en Heb.9: 27 "está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio". Todos, incluyendo los incrédulos y los indiferentes, tendrán que comparecer ante Dios. Después de su muerte será para ellos el Juez ante quien tendrán que dar cuenta por sus actos.

En Ap. 20: 12 donde se nos revela como irán a ocurrir esos acontecimientos tan impactantes, dice: "Vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios, y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida, y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras".

Toda esa gran multitud de personas que rechazaron o simplemente fueron indiferentes con la obra gloriosa que el Señor realizó en la cruz del Calvario, tendrán parte en la segunda resurrección. Porque en la primera resurrección lo harán únicamente los que aceptaron al Señor como a su Salvador personal, y se acogieron a ese perdón abundante que Dios ofreció por medio del sacrificio de Cristo. Los que participan en esa primera resurrección, se irán con el Señor cuando venga a buscar Su iglesia.

La gran muchedumbre que tendrá parte en la segunda resurrección, se encontrará cara a cara con Aquel que rechazaron. Allí el Señor, ante todos ellos, abrirá los libros donde se encuentran registradas las obras de cada uno, y públicamente serán manifiestas, aún aquellas que hicieron a escondidas. Lc.8: 17 "Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado, ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a la luz".

En aquel día saldrá a la luz todo lo que hayan realizado y serán juzgados por sus obras. Públicamente el Señor les probará que sus obras merecen solo un veredicto, la condenación; porque por sus propias obras nadie será salvo.

Al cielo no entrará el pecado, y aunque alguno pueda exhibir algunas "buenas obras", ni el conjunto de todas ellas logrará limpiar la lista de pecados que están registrados en el libro divino. Al igual cuando nos ensuciamos las manos reparando el automóvil, dejando de hacer esa labor no se limpian, necesariamente debemos aplicar un detergente eficaz para lavarnos.

Así también con nuestros pecados, nos ensuciamos, pero dejando de cometerlos no nos limpia, necesitamos de un poderoso detergente. Y el único detergente que puede hacerlo es la sangre de Jesucristo.

Algunos adormecen sus conciencias diciendo muy confiadamente: "Todo se paga aquí en la tierra". Cada cual tiene derecho a creer lo que mejor le parezca, pero la realidad a la cual nadie podrá escapar, es que las cosas sucederán como el Dios Todopoderoso lo ha dispuesto.

Él en Su misericordia nos ha revelado sus planes y lo que habrá de acontecer en un futuro muy cercano. Ha determinado que los hombres mueran y después será el juicio. Aquí en la tierra hoy únicamente vemos el fiel cumplimiento de otra ley divina: (Gál.6: 7) "Todo lo que el hombre sembrare, eso también cosechará".

Hoy no estamos frente a los juicios divinos, sino a la siega del pecado que el hombre ha sembrado. Después de su muerte deberá irremisiblemente enfrentar al Señor cual Juez, para escuchar la razón por la cual fue condenado (Jn.3: 18) "El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado".

El Dios de la gloria en su infinito amor para con el pecador, le concede la misericordia de tener ese encuentro con el Señor ahora, cuando estamos en el día de la Gracia, donde no se presenta como el Juez justo que le condenará por sus pecados, sino como el Cordero de Dios que pagó en la cruz por todos nuestros pecados. La justicia divina sentenció que la paga del pecado es muerte, y que sin derramamiento de sangre no hay remisión de sangre, porque la vida está en la sangre.

El Señor de la Gloria, tomando un cuerpo humano, pero sin pecado, se presentó en este mundo para pagar la deuda que nosotros habíamos contraído con su Justicia y Santidad. El Justo murió por los injustos. Dios se hizo hombre para ocupar el lugar de éste, morir en esa cruz de vergüenza y dolor por mí por usted.

También fue necesario que tomara un cuerpo semejante al nuestro, porque como Dios no podía morir. Fue allí en el Calvario donde extendió sus brazos de amor, no sólo para dejarse clavar, sino para llamarnos con su infinito amor: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar".

El Señor no nos manda a ninguna religión, ni corredentora o santo de la antigüedad; nos invita ir a él, porque "no hay otro nombre dado bajo el cielo, en quien podamos ser salvos".

Venid a mí. Venid luego, dice el Señor. La oferta de salvación que él nos hace, es para hoy, no para mañana. Hoy es el día de salvación. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, porque no hay promesas para el día de mañana.

Algunos en forma burlesca dicen: "Me voy a arrepentir cuando me queden cinco minutos de vida y me salvaré igual". Pero ¿quién puede saber cuales son sus últimos cinco minutos de su vida? ¿Sabe Ud. que no está ahora, en este instante, en sus últimos cinco minutos?

El futuro solo le pertenece a Dios, y él le hace una invitación tan llena de amor, que resulta incomprensible ver la indiferencia o el rechazo del pecador. Venid luego, le dice el Señor, y arregla el asunto de tu pecado ahora que me presento como tu Salvador, y no mañana que seré tu Juez.

"Si tus pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos, si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana". Así de perfecto y amplio es el perdón que nos ofrece el Señor si acudimos hoy.

En Rm.8: 1 dice: "ahora, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús". Porque nos asegura en Heb.10: 10 "En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre". Y añade en el vr.14 "porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados".

Si acudimos hoy y confesamos nuestros pecados al Señor, él nos otorga el perdón eterno por todos nuestros pecados. (Heb.10: 17) "Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones".

No nos mandará al purgatorio para seguir purificándonos en las llamas de ese lugar, que sólo existe en la imaginación mercantil de algunos hombres. Esa doctrina es totalmente opuesta a lo que Dios enseña en la Biblia. La purificación completa y eterna por todos nuestros pecados, Dios nos la entrega el mismo día que nos arrepentimos: "Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones".

El resultado de ese perdón eterno es una salvación eterna. Heb.7: 25 "Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos".

Éste es el maravilloso ofrecimiento del Señor. Jn.10: 28 "Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano". La vida eterna el Señor la da, no tenemos que ganarla. Es un regalo de Dios; de lo contrario sería por obras, un premio que nosotros podríamos ganar.

Ef.2: 8 "Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es un regalo de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe". ¿Qué debe hacer para obtener este precioso regalo que Dios le ofrece? Lo mismo que hace cuando recibe cualquier otro regalo: NADA, sólo dé las gracias al Señor por este don inefable suyo.

No hay nada que el pecador deba ni pueda hacer, porque Cristo lo hizo todo en la cruz del Calvario. Él pagó el precio de todos nuestros pecados. Acepte este regalo de infinito valor que Dios le ofrece.

Por muy terribles que sean sus pecados, Dios le promete eterno perdón: "Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos".

Reciba a Cristo en su corazón y podrá decir como todos los creyentes que lo han hecho: Tito 3: 5 "nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo".

Que el Señor le dé claridad y entendimiento para comprender cuan graves y horrendos son sus pecados ante la Santidad de Dios. Y por otro lado, le permita apreciar la profundidad de esta oferta de perdón y salvación eterna que le ofrece gratuitamente. Amén

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