El crecimiento de la iglesia
















Nº 53


Por Jack Fleming



Hch. 2: 47 “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.


El Gran Legislador ha establecido una ley universal en toda Su creación: Todo lo que tiene vida debe crecer. Esto se aprecia en todas Sus criaturas, desde el mundo infinitesimal, hasta la más grande de Sus creaciones.

Cuan hermoso es ver una tierna criatura que comienza su vida bajo la mirada atenta de su madre, cada movimiento y descubrimiento que realiza está lleno de gozo y admiración de sus padres terrenales. Pero ¿qué sucedería si al cabo de cinco años aún permanece en su cuna y sin haberse desarrollado en forma normal? Indudablemente que el gozo se transformará primeramente en preocupación y luego en angustia.

Lo que me llena de admiración y perplejidad es escuchar a algunos cristianos que en forma liviana y sin entender lo que dicen, confiesan que han conocido al Señor hace cinco o más años, pero que ellos aún son “niños” en Cristo. Porque la triste verdad es que ya no son niños, sino enanos; con una mal formación congénita, que no tienen ni la capacidad de conocer su propia anomalía.

Cada creyente ha nacido de nuevo y es una nueva criatura en Cristo. Stgo.1: 18 “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicia de sus criaturas”. 2Cor.5: 17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es”.

Por tanto, lo normal es que también crezca, y si alguno no lo hace, es una deformidad dentro de la creación del Gran Legislador y Sustentador del universo.

Pero en esta oportunidad no me voy a referir al crecimiento individual de cada cristiano, sino al crecimiento colectivo de la iglesia local. Aunque es muy difícil desconectar una cosa de la otra, porque el crecimiento general de la iglesia depende del desarrollo espiritual de cada hijo de Dios.

Para obtener un crecimiento horizontal, es decir, en forma numérica, es imprescindible primeramente alcanzar un crecimiento vertical, hacia arriba, donde está la Cabeza de la iglesia. Sin crecimiento espiritual, el Señor no va añadir nuevos miembros en nuestra asamblea.

Es verdad que el hombre puede hacer crecer la membresía de una iglesia fácilmente con “campañas”, o a través de los medíos de comunicación, o introduciendo en la iglesia los ingredientes que al mundo agrada: Shows, conjuntos musicales, cruzadas de “sanidades”, invitando predicadores “estrellas” etc. Pero ese no es un crecimiento divino sino humano, donde lamentablemente esa gran mayoría congregacional se quedará aquí cuando Cristo venga a buscar Su iglesia.

Nuestro texto dice: “El Señor añadía” porque era obra Suya, no el esfuerzo humano o porque la iglesia abriera las puertas al mundo. Hoy vemos grandes congregaciones con mucho jolgorio y un tremendo “avivamiento”; pero quiten de esos lugares la música, los conjuntos musicales, los coros y todos los ingredientes humanos que el hombre ha añadido a la iglesia, actividades deportivas y sociales, y comprobarán que esas enormes multitudes disminuyen a su mínima expresión.

Cada día son más populares las “vigilias” donde la iglesia puede congregarse hasta altas horas de la madrugada cantando, saltando y aplaudiendo bajo la dirección de un conjunto musical de actualidad, pero ¿cuántos de ellos estarían en ese lugar si se reunieran solamente para escuchar la Palabra de Dios?

En cambio, en esa iglesia poderosa y santa que nos habla el Nuevo Testamento, era el Señor quien añadía cada día los que habían de ser salvos, porque eran hermanos confiables en quienes (Col.3: 16) “la Palabra de Cristo moraba en abundancia”. Cuando se reunían no era para escuchar a un cantante popular, sino para escuchar la Palabra de Dios. Hch.20: 11 (Pablo) “habló largamente hasta el alba”. ¿Ha escuchado alguna vez que la iglesia se reúna hasta el alba para escuchar la Palabra de Dios?

Cuando hablo de crecimiento numérico de la iglesia, no me refiero a los “métodos” y estratagemas que el hombre ha desarrollado para hacer crecer la congregación, porque allí es el hombre quien añade. Sino que estoy exponiendo esta verdad a la luz de las Sagradas Escrituras, donde es el Señor quien añade a la iglesia los que han de ser salvos.Copiado ilegalmente de EstudiosMaranatha.com

El Señor jamás nos va a confiar nuevos hijos suyos, si es que no somos capaces de cuidar y guiar a los que ya tiene la iglesia local. Las leyes de los hombres son muy cuidadosas para evitar que padres que no tengan la capacidad de amar, instruir y dar un buen ejemplo a menores, les entreguen en adopción un infante ¿Cuánto más no lo hará nuestro Padre celestial, cuando cada uno de sus hijos ha sido obtenido a tan alto precio como fue la propia vida de Su Hijo Unigénito?

Si no somos capaces de cuidar y estar atentos a las necesidades de los hermanos que constituyen la iglesia local donde estamos identificados ¿por qué creen que el Señor les va a confiar nuevos hijos de Dios? ¿Qué capacidad de amar hemos mostrado para que se nos confíen más hermanos? ¿Ha visitado o llamado por teléfono a los hermanos que no han asistido?

No se trata de llamarles para saber por qué no vinieron e inmiscuirnos en sus vidas privadas, sino para demostrarles que los extrañamos y que los amamos. ¿Cuándo fue la última vez que lo hizo? ¿Es ese su proceder habitual? ¿O solamente se preocupa cuando un hermano que es “su amigo” no asiste a las reuniones?

Si ese no es su proceder natural y acostumbrado ¿con qué autoridad le pide a Dios que haga crecer Su iglesia? El Señor no nos va a entregar una responsabilidad que no somos capaces de sobrellevar. Cada hijo de Dios es muy precioso para Él como para entregarlo al cuidado de personas irresponsables. ¿O cómo calificaría Ud. a un padre de familia que ausentándose al hogar por “un día” uno de los miembros de su familia, continuara su vida como si no pasara nada?

¿No le parecería una insensatez que una familia que mostrara una incompetencia tal deseara adoptar nuevos hijos? Y la iglesia local, ¿no es nuestra familia en el Señor? Si no actuamos en forma responsable y consecuente con el amor que debiera caracterizar a los hijos de Dios, Él no va a añadir más hijos Suyos a la iglesia local donde nos congregamos.

Leímos en Stgo.1: 18 que: “Él, de su voluntad nos hizo nacer por la palabra de verdad”. La obra es del Señor, no nuestra; pero esa voluntad Suya desciende desde lo alto como una canal de bendición para el pobre pecador a través de Su Palabra. No por medio de la música o elementos humanos, porque con esos procedimientos e ingredientes podemos añadir nuevos adeptos, pero no nuevos salvados a la iglesia que se llevará el Señor.

El poder está en Su Palabra, y aclara para evitar cualquier mal entendido, que se trata de la palabra de verdad. ¿Cuál es esa palabra de verdad? Todo creyente sabe reconocer que esa Palabra es la que se encuentra en la Biblia, no en historias o “experiencias” humanas.

Pero ¿Quiénes son los que han recibido la responsabilidad de entregar esa palabra de verdad? El mandamiento del Señor fue: “Id y predicad el evangelio a toda criatura”. ¿Quiénes deben ir a predicar a toda criatura? ¿Los “misioneros”? ¿Los líderes? ¿Los evangelistas?

Cuando leemos la experiencia de la iglesia del Nuevo Testamento, vemos que los primeros cristianos habiendo recibido esta orden, ellos insistieron en quedarse reunidos en Jerusalén, y se habían conformado con que solamente los apóstoles y algunos evangelistas salieran a predicar el glorioso mensaje de salvación.

¿Cuál fue la respuesta del Señor ante esta desobediencia al mandato que les dejó? Tuvo que mandar una persecución para que todos ellos salieran por distintos lugares a entregar las buenas nuevas. Y de esa manera, cada uno de ellos se transformó en un predicador, porque los había mandado a sembrar, y es un absurdo pretender sembrar el evangelio dentro de las cuatro murallas de la iglesia, era necesario salir al campo abierto.

Todos los hijos de Dios somos al mismo tiempo hijos de la luz. (Ef.5: 8) “Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz”. Cada uno de los hijos de Dios debe brillar en el sitio donde el Señor lo ha puesto, primeramente en su propio hogar, luego en su lugar de trabajo y en el sector donde vive.

Debemos actuar de tal manera que la sociedad pueda reconocer inmediatamente que somos hijos de Dios, más que por lo que hablamos, por lo que somos. Y ese es el gran problema que impide a muchos testificar del evangelio en sus hogares o en sus trabajos, porque allí nos conocen tal como somos. Es muy comprensible que sea difícil, o quizás imposible hablar de Cristo donde nos han escuchado decir y hacer cosas muy contrarias al cristianismo.

Son muchos los que se colocan un “traje” de cristiano solamente cuando asisten a la iglesia, y una vez que se han sentado de una manera confortable, consideran que todo su trabajo es escuchar, pero desaprovechan el verdadero propósito por el cual el Señor nos ha salvado y aún no nos ha llevado al cielo, que es testificar de Cristo, brillar en medio de las tinieblas.

¿O no hemos leído que el Señor nos dice: Fuérzalos a entrar. Ve por los caminos, ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad? También los hay quienes prefieren predicar en las calles, pero no en sus hogares o a sus familiares, porque allá fuera nadie los conoce como su propia familia. El mundo está saturado y cansado de charlatanes que visten “trajes” de cristianos y se paran en las calles con Biblias andrajosas en sus manos, ellos quieren ver en nuestras propias vidas que lo que predicamos es verdad. Esa es la palabra de verdad que debemos entregar, la Palabra del Señor, respaldada con una vida santa.

El mandato que el Señor dejó a Su iglesia fue: (Lc.24: 47) “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén”. (Hch.1: 8) “me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”.

Si miramos en un mapa, veremos que era un círculo de acción que comenzaba primeramente donde vivían (Jerusalén), luego a sus familiares más directos (Judea), posteriormente a sus vecinos (Samaria), para finalmente llegar hasta lo último de la tierra. Sin embargo algunos prefieren comenzar por lo último de la tierra, sin haber alcanzado primeramente a su propia familia, a sus vecinos ni a sus compañeros de trabajo, porque es más simple y cómodo hacerlo donde no nos conocen.

Entonces ¿cómo puede crecer una iglesia donde EL SEÑOR añada cada día los que han de ser salvos? Primeramente debemos mostrar que tenemos capacidad de amar y responsabilidad para cuidar a los que ya están dentro de la iglesia, aún cargando los “heridos” que puedan ir quedando en esta batalla contra el reino de las tinieblas, y posteriormente, que cada uno asuma su propio compromiso de ser un predicador del glorioso evangelio de salvación dentro del lugar de la sociedad que Dios le ha asignado, cual siervo del Señor, porque de lo contrario nos dice: (Lc.6: 46) “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”.

Muchos cristianos han crecido dentro de la iglesia, cual la delicada planta dentro de un invernadero, pero el verdadero creyente está llamado a ser un roble, que crece y se remonta a las alturas; mientras más lo zarandea el viento de las tribulaciones, mayor fortaleza recibe. ¿Queremos que nuestra iglesia crezca? Debemos primeramente hacerlo nosotros mismos.

Hermano, hermana, no tema, sumérjase en las aguas profundas de Su Gracia Soberana y fije sus ojos únicamente en el Amado, solo entonces podrá caminar sobre las aguas como lo hizo Pedro.

No veremos una iglesia fuerte y poderosa, hasta que cada miembro en lo individual lleve a cabo su propia responsabilidad. Atrévase a excavar para buscar los mejores diamantes, los cuales adornarán la corona que el Rey de reyes le entregará en aquel día. Cada alma salvada que por el poder del Espíritu Santo Ud. lleve a los pies del Señor, brillará en su corona cual precioso rubí.

Es un sano deseo querer ver crecer la iglesia, porque es una ley natural que el Creador ha impuesto en todo aquello que tiene vida, pero la iglesia está compuesta por individuos y necesariamente debemos crecer primeramente en forma individual. Será como una pequeña chispa que puede provocar un gran incendio en un enorme bosque.

¿Están dispuestos a pagar el precio que se pide para que nuestra iglesia crezca? ¿Quieren tener el gozo que el Señor añada cada día a la iglesia los que han de ser salvos? Necesariamente deben manifestar un amor y preocupación más real por todos nuestros hermanos, no dejar a los “heridos” abandonados en el campo de batalla. Cada miembro de la iglesia debe santificar más sus vidas, brillar en todo lugar que el Señor los ponga, vestir siempre toda la armadura del Señor.

Cuando cada creyente brille en la oscuridad de la noche cual estrella en medio del cielo infinito, entonces se sentirá una influencia radiante como las Pléyades y se podrán desatar las ligaduras de Orión.

Que así sea, Amén.

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