El soldado de Jesucristo
















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N° 54

Por Jack Fleming


1Tm. 6: 12 “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna”.

La Palabra de Dios nos advierte en reiterados pasajes, que nuestra condición terrenal debe ser de un estado de alerta constante, para que permanentemente estemos apercibidos del peligro que nos rodea. Pero también nos detalla en forma muy precisa, los implementos que Dios nos ha entregado para que tengamos éxito en esta lucha contra el mal.

Claramente no nos manda a ser un observador pasivo o a escondernos cobardemente tras el escudo de la “neutralidad”, sino que con Su autoridad divina nos ordena “pelear la buena batalla”.

¿Quiénes son los que pelean la buena batalla? Naturalmente no son aquellos que consideran que su responsabilidad es solamente instalarse cómodamente en el asiento de una iglesia a escuchar, sino el que activamente y de una forma decidida y valiente “contiende ardientemente por la fe”.

Jd. 3 “que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los hombres”. La Biblia describe constantemente la condición del creyente en este mundo y la compara con la de un soldado en el campo de batalla.

Sabemos que no existe otra situación más angustiosa y turbadora, que necesita de todos los sentidos muy alertas, que cuando un combatiente se encuentra en el frente de batalla. Naturalmente que esta analogía no va para aquellos tibios y soñolientos que son arrastrados en la retaguardia por la inercia de las mayorías o de su líderes terrenales y no alcanzan a escuchar ni prestar atención a la voz de su Capitán, Cristo nuestro Señor.

El creyente que es movido por la fuerza del Espíritu Santo, es uno que empuja, choca y rompe las filas del enemigo de las almas, que muchas veces ha logrado instalarse dentro de las mismas iglesias locales. Porque el Señor nos advirtió que estos postreros tiempos de la iglesia “son tiempos peligrosos” (2Tm.3: 1-5) donde hombres con apariencia de piedad están no solamente ofreciendo “fuego extraño”, sino que aún desviando al pueblo de Dios hacia el camino del error.

El mismo apóstol Pablo nos previno sobre este peligro: (Hch.20: 29-30) “Porque yo sé que después de mi partida entrarán lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”.

Cuando tomemos plena conciencia de nuestra situación, y que nos encontramos en el frente de batalla, donde se encuentran muchos focos de disturbio, conspiración y alzamiento; cuando sintamos resonar las balas enemigas a nuestro alrededor, será el momento cuando todo lo terrenal perderá su valor.

¿Podría alguien imaginar una situación más irracional, que si en todo el fervor de una batalla, un soldado estuviera preocupado de adueñarse de un automóvil último modelo o de una lujosa propiedad? ¿De qué podría servirle todo eso cuando él está de paso en ese peligroso lugar? El único pensamiento que ocupa su mente es mantenerse vivo, para un día poder regresar a su hogar junto a sus seres amados.

Así debería ser con el creyente, todo lo terrenal pierde su valor, y su único anhelo es llegar pronto a sus moradas celestiales junto a su Señor. Desea poder decir como el apóstol Pablo: (2Tm.4: 7-8) “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.

Frecuentemente la lucha más severa se dará en los momentos que estemos menos preparados para la batalla. Satanás anda como león rugiente buscando a quien devorar, y para cumplir más exitosamente su nefasta misión, se ha disfrazado como ángel de luz. (2Cor.11: 15) “Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia”. Muchas veces he escuchado citar este pasaje y se refieren a que sus ministros “pueden” disfrazarse, pero la verdad es que Dios dice que “se disfrazan”, porque es un hecho, no una posibilidad.

No existe peligro mayor para el soldado que el exceso de confianza, porque esa autosuficiencia le hará abandonar el estado de alerta que le permitió salir airoso en la batalla frontal. Satanás conoce esa debilidad humana y es muy sagaz para hacer sus arremetidas especialmente después de una victoria. Pero nuestro Señor también lo sabe y no nos dejará en esos momentos que más lo necesitamos.

Esto lo vemos en el caso de Abraham, cuando después de la victoria sobre cuatro reyes para obtener la libertad de Lot, fue entonces (no antes) que se presentó Melquisedec con el pan y el vino (Gn. 14). No fue cuando Abram perseguía a Quedorlaomer, sino más bien cuando el rey de Sodoma perseguía a Abram buscando su alianza. Para una lucha de esa naturaleza, Abram tenía necesidad de una comunión más profunda con Dios, el pan y el vino.

Recuerdo haber leído en la biografía de un siervo del Señor, que inmediatamente después de su predicación, una hermana de la iglesia se adelantó para saludarlo y felicitarlo por tan magistral mensaje, le dijo: “Este ha sido el mejor mensaje que ha predicado”, a lo que el hombre de Dios replicó con firmeza: “Lo sé, Satanás me dijo lo mismo antes de bajarme del púlpito”.

Necesitamos siempre estar alertas a los dardos que el enemigo nos puede arrojar. Caminamos sobre un terreno “minado”, debemos movilizarnos con mucho cuidado y sigilo. El Señor nos dijo: (Mt.10: 16) “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas”.

Pero para esta misión tan peligrosa, el Señor nos ha provisto de todos los elementos para asegurarnos la victoria, porque nos dice que: (Rm.8: 37) “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”. ¿En cuales cosas somos más que vencedores?

Lo dice en el versículo 35, donde nos previene de los peligros que nos sobrevendrán: “Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada”. En todo esto, somos más que vencedores, pero no olvidemos jamás, que esa victoria se logra “por medio de aquel que nos amó”, Cristo el Señor, nuestro único Capitán a quien servimos en este ejército vencedor.

El poder y la fuerza de los victoriosos están en el Señor. Ef. 6: 10 “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza”. Hay quienes pretenden llegar a la ciudad celestial, trepando el muro con sus propias fuerzas, pero siempre será más sabio utilizar la escalera de Jacob.

Después de aclarar la procedencia del poder y la fuerza que disponemos, nos entrega una lista de los pertrechos que se nos ha otorgado para ser usados en esta lucha contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo.

Ef. 6: 13 “Toda la armadura de Dios, para poder resistir y estar firmes”. Porque ¿de qué nos serviría todo esto, si ante la menor arremetida del enemigo saliéramos huyendo?. Una de las cosas que debemos recordar, es que todo este equipamiento que se nos ha entregado, es solamente para hacer frente al enemigo. La armadura no tiene ninguna protección para la espalda, porque no se considera la huída. El reino de Dios es de los valientes. Ap. 21: 8 “los cobardes…tendrán su parte en el lago de fuego.

Ef. 6: 14 “Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad”. El versículo de Ap. 21: 8 que recién cité, está encabezado por los cobardes, y concluye esa lista con los mentirosos. La verdad es un elemento imprescindible en el testimonio del cristiano para mantenerse firme, porque (Mr.4: 22) “no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz”.

Ef. 6: 14 “vestidos con la coraza de justicia”. Se refiere a la justicia de Dios, esto es lo que cubre el pecho del verdadero soldado de Jesucristo. Es más efectivo que el mejor chaleco a prueba de balas, nada lo puede penetrar.

Ef. 6: 15 “calzado con el apresto del evangelio de la paz”. Is. 52: 7 dice: “Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz”. ¿Para qué se utiliza el calzado? Naturalmente que para caminar, y en este caso, para caminar y llevar las buenas nuevas del evangelio santo de Dios. Pero lamentablemente en nuestros días, la gran mayoría de los que se autodenominan “cristianos” andan descalzos, total, para estar sentados en la banca de una iglesia los días Domingo, no lo necesitan, porque no están ocupados en “llevar” el evangelio como ordenó el Señor.

Ef. 6: 16 “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno”. Con justa razón, nuestro texto inicial dice: “Pelead la buena batalla de la fe”, porque sin fe, es imposible agradar a Dios (Heb.11: 6). Sin embargo el autodenominado “cristianismo” del día de hoy, descansa primordialmente sobre lo que ven. ¿Cuántos son los que dicen que están en un lugar u otro porque han visto grandes señales y milagros? Aunque sabemos que la fe es (Heb.11: 1) “la certeza de lo que no se ve”. Seguramente que a esto se debe a que muchos “miembros” de iglesias, han sido consumidos por el fuego de la duda y confusión, porque andan por vista, y no por fe. No tuvieron ese escudo para protegerlos.

Ef. 6: 17 “y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”. Soldados que cogen su espada únicamente para sacarle brillo y se preocupan de lucirla reluciente en su vaina, no son verdaderos soldados. El guerrero eficaz llevaba su espada desenvainada, muchas veces sucia con la sangre de sus enemigos, porque la utilizaban para hacer cortes e inferir el mayor daño posible al contrincante. Hoy el enemigo se ríe de muchos cristianos, porque pretenden enfrentarlo sin la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.

Ef. 6: 17 “Y tomad el yelmo de la salvación”. El yelmo era el casco que protegía la cabeza del guerrero. El enemigo pretenderá atacar con muchas dudas al cristiano, pero si tiene bien puesto el yelmo de la salvación, sus estocadas no tendrán efecto. La seguridad de nuestra salvación es indispensable para mantener los sentidos espirituales bien despiertos. Incluso en nuestro texto dice: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna”.Copiado ilegalmente de EstudiosMaranatha.com

Una vez que hemos subido en el barco cuyo capitán es el Señor, no hemos de temer a las tormentas ni huracanes; los vientos de las tribulaciones no podrán hacernos naufragar.

Hay quienes enseñan que uno se puede alistar en el ejército glorioso del Señor y más adelante desertar, para luego volver a incorporarse a sus filas. Creen que una persona puede ser regenerada y posteriormente perder su salvación, para más tarde volver a salvarse. Eso de ser regenerado, para después llegar a ser re-regenerado, y en algunos casos a re-re-re-generado, porque en esos lugares están acostumbrados a pasar todos los días Domingo cuando hacen un “llamado al altar”; esa doctrina no existe en la Biblia.

El Señor dice con absoluta claridad: (Jn. 10: 28) “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”. La salvación es un regalo de Dios, no un premio; el Señor la da y promete que no se puede perder jamás. Con justa razón la define como “vida eterna”, para siempre.

Incluso llega a prometernos en 2Tm.2: 13 “si fuéramos infieles, él permanece fiel”. La salvación depende de Su fidelidad, no de la nuestra. Aunque el verdadero hijo de Dios, a quien el Señor a lavado con Su sangre bendita, jamás podrá desertar de sus filas, porque permanecemos junto a Él cual el niño que camina tomado de la mano de su padre; no es la fuerza del niño la que le hace caminar junto a él, sino la fuerza de la mano de su padre. Como amorosamente lo dice en Os.11: 4 “los atraje con cuerdas de amor”.

Por esta razón también nos asegura en 2Ts.3: 3 “Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal”. La doctrina de la seguridad de la salvación es tan fundamental, como lo es el yelmo para el guerrero. De lo contrario sería tan absurdo como lanzarnos a las aguas profundas del mar, para pretender rescatar a un náufrago, sin saber nadar.

Ser un soldado de Jesucristo significa ser un guerrero, uno que pelea la buena batalla de la fe. ¿Es Ud. un combatiente de ese ejército? Entonces revise si lleva el calzado del apresto del evangelio, obviamente si es uno de aquellos que se ha conformado solamente con permanecer sentado, no lo necesitará. Pero de lo contrario, examine su atuendo ¿lleva toda la armadura que le ha provisto el Señor?

La vida del verdadero creyente es una constante lucha, por este motivo la compara con la vida de un guerrero. El evangelio es un mensaje de paz, pero al mismo tiempo produce una reacción violenta en aquellos que lo rechazan, a esto se refiere el Señor cuando habla de la paz.

Una es la paz que deja en el corazón del hijo de Dios, al saber que todos sus pecados han sido perdonados y que le aguarda una eternidad gloriosa junto al Señor. Esa es la paz de Dios que también nos transmite una paz con Dios. Pero también nos dice el Señor que no vino a traer paz para con los inconversos, sino lucha y confrontación.

Mt. 10: 34 “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa”. El creyente no puede gozar de paz en la tierra, su vida es una constante lucha. Esto lo podemos ver aún con nuestros propios familiares inconversos como dijo el Señor.

También es casi inconcebible considerar que en los lugares de trabajo el creyente, aún destacando por su seriedad, responsabilidad, puntualidad y eficiencia, deba sufrir la persecución más despiadada de sus jefes y compañeros. Esto se debe a que haga lo que haga el creyente por no molestar a nadie, esa luz de santidad que irradia, es la que irrita a los inconversos, porque esa luz deja al descubierto sus propias faltas y eso lo transforma en un enemigo peligroso.

Jn.3: 20 “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas”.

Otro elemento muy importante que dispone el soldado, es cuando sabe que la guerra pronto terminará, cuando el Príncipe de paz ponga fin para nosotros esta confrontación con la carnalidad, los falsos hermanos y los inconversos en general.

Hermanos, recuerden, esta guerra pronto se acabará, ya no habrá más lucha ni dolor. Pero que en aquel día podamos decir como el apóstol Pablo al finalizar: “He peleado la buena batalla”. Que así sea. Amén.

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