La fragilidad de la vida
















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N° 55

Por Jack Fleming


1Pd.1: 24 “Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae, mas la Palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada”.

Dios nos habla de lo frágil y transitoria que es la vida en este mundo. La compara con una flor, un día está en todo su esplendor, y al día siguiente se seca y perece.

El hombre transita por el camino de la vida con un paso muy seguro, creyendo que la situación que le rodea es eterna, especialmente si goza de buena salud y una situación económica razonable.

Cuando nada le falta, parece que no tiene tiempo para mirar hacia arriba para buscar el rostro del Señor. Incluso se permite la libertad de hacer planes para el futuro, sin considerar la voluntad de Dios. Sin embargo el Eterno nos advierte:

Stgo.4: 13-14 “¡Vamos ahora! Los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberías decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”.

El hombre en su jactancia irracional considera que es el señor de su propia vida, que puede disponer del futuro como si le perteneciera. Y Dios le tiene que recordar que su vida es tan frágil, que la compara con la neblina; nada más inconsistente que eso, porque bajo la mirada eterna del Todopoderoso, así es nuestra vida terrenal.

Un día estamos llenos de vida, tan seguros de nosotros mismos, que no tenemos tiempo para tener a Dios en nuestros pensamientos. Pero basta que el Señor nos toque levemente, para hacernos despertar a esa realidad incuestionable, que nuestra vida es como la niebla o como la flor que un día está radiante de hermosura y frescura, pero al día siguiente se seca y se marchita.

¿Cuántos de nosotros hemos sido testigos de personas que lo han tenido todo en la vida? pero en una fracción de segundos, sus vidas han cambiado en una dirección absolutamente opuesta.

Una hermosa joven universitaria, que recién había ganado un concurso de belleza, es arrollada por un conductor imprudente que la dejó para el resto de su vida con su hermoso rostro desfigurado y postrada en una silla de ruedas.

Seguramente que muchos recordarán el tristemente conocido caso del artista Christopher Reeve, quien saltó a la fama cuando representó el personaje de “Superman”. En la vida real era un hombre con muchas riquezas y excelente salud, tenía delante de él todo lo que este mundo podía ofrecer. Era un experto jinete y amante de la equitación, pero en un segundo sucedió lo impensable, cae de su caballo y queda cuadripléjico, condición que lo llevó después de una larga lucha por la vida, a su muerte a tan temprana edad.

Quizás el caso más conocido para los cristianos, es el de la famosa escritora Joni Eareckson Tada, quien en plena etapa de su juventud sufrió ese lamentable accidente que también la dejó en una condición similar. Pero con la fuerza que solamente puede entregar el Señor, ella consigue sobreponerse y pese a sus limitaciones, logra convertirse en una exitosa escritora.

Dice la Palabra de Dios en Pr.20: 29 “La gloria de los jóvenes es su fuerza”. Todos en esa etapa de la vida se consideran capaces de hacer y lograr todo, en la confianza que le otorga el vigor de sus propias fuerzas, pero no es sabia esa jactancia. El mismo pasaje de Stgo.4 donde nos advierte de lo efímera que es la vida, y que siempre debemos considerar a Dios en nuestros planes porque el futuro no nos pertenece, añade en los versos siguientes, (15-16) “En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala”.

Dios considera eso una jactancia y la califica de mala, la necedad de pretender gobernar nuestras vidas sin considerar la voluntad Soberana de nuestro Padre celestial.

¿Cuántos son los que también viven trabajando intensamente para ahorrar para su vejez? Lo cual no es malo, sino que la falta es creer que nosotros gobernamos nuestro destino, cuando eso le pertenece únicamente a Dios. Estos me hacen recordar la parábola que dijo el Señor en Lc. 12: 17-21

“Y él pensaba dentro de sí (no lo consultaba con Dios, sino que solamente con sí mismo): ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo (se contestó él mismo): Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”.

El Señor nos advierte que nuestra vida, y la condición que hoy vivimos, es fugaz, temporal y circunstancial; pero nos recuerda que lo único que permanece eternamente es Su Palabra. Cuan bien haríamos entonces en poner atención a lo que él nos dice en la Biblia.

Y nos dice en 2Pd. 3: 13 “según las promesas de Dios esperamos cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la justicia”. Es muy sabio hacer planes para el futuro, pero todos ellos deberían estar sujetos a la consideración ciertísima que estamos a las puertas de la eternidad. Cada año que pasa nos acerca más a esa eternidad.

El hombre se proyecta al futuro, hace planes, aún calcula las ganancias que obtendrá. Algunos dicen: “Este año voy a ahorrar ésta suma de dinero”. Y todo eso lo hacen sin tomar en cuenta a Dios ni los problemas inherentes a la vida humana. Quizás habían calculado ahorrar una suma de dinero para disfrutar en una merecidas vacaciones, pero en sus cuentas no consideraron los gastos médicos de una enfermedad, o los despidos que se realizaron en su empresa.

El hombre acostumbra planificar, pero sin tomar en cuenta a Dios. Se envanece y se considera su propio dios que gobierna su vida, porque se cree indestructible “hasta” que Dios lo toca y le hace ver que nada es.

El pecado consiste en disponer y organizar toda su vida como si Dios no existiera o no interviniera en ella. Pero no sabéis ni lo que será de vosotros el día de mañana.

Muchos de los que han emprendido un viaje, posiblemente han llegado muy lejos de su hogar, pero nunca han alcanzado el término de su jornada, aún suponiendo que hayan llegado a su meta, ¿Cómo saben que han de continuar allí? Esta verdad también se hace más evidente después de un trágico desastre natural donde mueren miles de personas, como sucedió en las islas paradisíacas de Asia que fueron azotadas por el terrible tsunami, con el cual murieron aproximadamente 150 mil personas, entre ellas muchos turistas.

Nosotros no sabemos lo que será el día de mañana, y son precisamente estos aspectos de nuestra vida terrenal los que debieran llevarnos a reflexionar sobre ¿qué es nuestra vida? Porque somos como la bruma que aparece por un momento y en seguida se desvanece.

En forma prudente y anticipada muchos son los que planifican un viaje para sus vacaciones. Ahorran con gran esfuerzo, hacen las reservaciones con bastante anterioridad para no tener contratiempos de última hora, todo eso es muy sabio. Pero ¿se ha preparado Ud. para un viaje de muchísima más importancia, como lo es el viaje que todos haremos hacia la eternidad?

Nuestra vida no solamente es efímera, sino que muy frágil, en cualquier momento, sin previo aviso, partiremos a ese viaje sin retorno. Ese encuentro con la eternidad puede acontecer por dos hechos que nosotros no controlamos ni sabemos, porque están exclusivamente en el conocimiento Soberano de Dios. Podemos partir a la eternidad porque Dios nos llame a Su presencia, o porque el Señor venga a buscarnos, si es que somos de Él.

Cuan importante es prepararnos para esa eternidad que se acerca inexorablemente. ¿Hemos arreglado nuestras cuentas con el Señor? En cualquier momento, sin previo aviso, partiremos a ese viaje sin retorno.

Dice el Sl.90: 1-12 “Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios. Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, y dices: Convertíos, hijos de los hombres. Porque mil años delante de tus ojos, son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche. Los arrebatas como torrente de aguas, son como sueño, como hierba que crece en la mañana. En la mañana florece y crece, a la tarde es cortada, y se seca. Porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados. Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro. Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un pensamiento. Los días de nuestra edad son setenta años, y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos. ¿Quién conoce el poder de tu ira, y tu indignación según que debes ser temido? Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría”.

Que forma tan preciosa de recordarnos la eternidad de Dios, y la brevedad de la vida del hombre. Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios. Contra todas las penalidades que surgen en nuestra condición de mortal, hemos de tomar ánimo y consuelo en la inmortalidad del Eterno.

Además debemos considerar que inclusive los quebrantos de la vida, Dios los permite como un medio de hacernos volver nuestros ojos a él: “Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, y dices: convertíos, hijo de los hombres”.

También nos lleva a pensar sobre la infinita desproporción que existe entre el Dios eterno, con el hombre: “Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó”. Entre mil años y un día, aún podemos apreciar alguna relación, pero entre la eternidad y el tiempo no hay ninguna.

Nos recuerda que todos nuestros días declinan a causa de Su ira. Esto se debe al pecado, porque el pecado entró al mundo y por medio del pecado la muerte. Esto es lo que ha señalado un término a nuestra vida terrenal.

Ahora Ud. podrá preguntarse ¿cómo se puede preparar para ese viaje hacia la eternidad? Escuche lo que dice el Señor: (Is.1: 18) “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; y si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”.

El Señor te está llamando, él quiere que entres a cuentas HOY. El Señor extiende sus brazos de amor, los mismos que fueron clavados en la cruz por ti y por mí, y con mucho amor te dice: “Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.

Escucha con atención la oferta de salvación, y arrepiéntete en tu corazón. Tan solo así esa eternidad no espantará más, porque nuestro futuro glorioso será, estar para siempre en esas moradas celestiales que él fue a prepararnos. Amén.

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