El pecado de muerte






















N° 80

Por Jack Fleming

1Jn. 5:16 "Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida".

Es necesario entender este versículo dentro de su contexto, y en los dos versículos previos se ha referido a la oración del creyente: 1Jn. 5:14-15 "Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho".

Dios nos ha enseñado en Su Palabra que todo lo que pidiéramos en oración, creyéndolo, lo recibiremos, Mt. 21:22 "Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis". Pero aquí en 1Jn.5:14 nos está mostrando que esa promesa tiene una limitación, especialmente en este caso particular de intercesión por un hermano que posee vida eterna y en consecuencia es templo del Espíritu Santo, como todos los que somos hijos de Dios.

Juan está escribiendo en su epístola sobre la seguridad de la salvación que posee el creyente. 1Jn. 5:10-12 " El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida". Se está dirigiendo a los que somos hijos de Dios (1Jn. 3:2 "Amados, ahora somos hijos de Dios") y tenemos la seguridad de poseer la vida eterna.

Sabemos que el veredicto de la Justicia divina sobre el pecado, es la muerte. Rom 6:23 "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro". La etimología de la palabra muerte significa "separación", esto se aprecia claramente desde el principio de la Biblia cuando narra la advertencia que le hizo a Adán en el Jardín del Edén, Gn. 2:17 " mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás".

Y el relato bíblico dice que el día que Adán desobedeció y comió, fue expulsado de la presencia de Dios y vivió 930 antes de morir físicamente, Gn. 5:5 "Y fueron todos los días que vivió Adán novecientos treinta años; y murió". Es decir, conforme a la sentencia de Dios, Adán murió (espiritualmente) ese día que pecó, fue separado de Su presencia y expulsado del huerto. Como el germen del pecado había entrado en él, Dios en Su misericordia no le permitió vivir eternamente en esa condición, y después de varios años se produjo su muerte física, que es la separación del alma con el cuerpo mortal, pero Adán, como en todo hijo de Dios, su alma fue al paraíso celestial (Lc. 3:38 "Adán, hijo de Dios").

Esto fue posible, porque aunque en Adán entró a morar el pecado, Dios lo restauró por medio del sacrificio que el Señor realizó cuando le proveyó las vestiduras de pieles de animales que tuvieron que morir para cubrir su desnudez. Gn. 3:21 " Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió". Todo descendiente de Adán nace con el pecado (a ningún niño hay que enseñarle a ser egoísta, a mentir, a pelear, etc., eso es algo que desarrollan en forma natural), y como la sentencia divina es que "la paga del pecado es muerte", todos los seres humanos debemos pasar por la muerte física.

El inconverso está muerto en sus delitos y pecados (Ef.2:1), es decir, muerto espiritualmente, separado de la comunión de Dios, y cuando se produce su muerte física, su alma es separada de su cuerpo mortal. Ese "envoltorio" humano va al cementerio y su alma continuará en muerte eterna, separada eternamente de la presencia de Dios.

El creyente también nació en este mundo en esa condición de muerto espiritualmente, pero (Ef. 2:1) " él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados". Recibimos vida espiritual por medio del sacrificio de Cristo, fuimos restaurados para disfrutar de la comunión con el Santo, obtuvimos vida eterna. Cuando el creyente muere físicamente, su alma va a la presencia de Dios, y su cuerpo mortal también al cementerio, hasta aquel día cuando el Señor venga y nos entregue un cuerpo de gloria donde no morará jamás el pecado (Filp.3:21).

El apóstol Juan dice en esta epístola (1:7) que "si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros". Pero esa comunión puede ser interrumpida a causa de un pecado que no hemos abandonado y arreglado cuentas con el Señor. Por este motivo nos exhorta a confesar nuestros pecados, con los cuales nos contaminamos cada día en el caminar por este mundo con nuestro cuerpo de pecado (o cuerpo de humillación, Filp.3:21).

1Jn 1:9-10 "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros". Y en el capítulo dos nos enseña a mantener la comunión por medio de la abogacía del Señor Jesucristo, 1Jn.2:1 "abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo". Este abogado intercede ante el Padre, porque la comunión del creyente con Él puede ser interrumpida a consecuencia de algún pecado.

El creyente puede pecar, pero no permanecer en el pecado, por este motivo aclara en 1Jn. 3:8 "El que practica el pecado es del diablo" 1Jn. 3:9 "Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado" 1Jn. 5:18 "Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca".

Juan establece una enorme diferencia entre pecar y practicar el pecado. Pecar es parte de nuestra humana condición, y eso lo debemos arreglar a través de la sangre de Jesucristo y por medio de Su abogacía intercesora ante el Padre, arrepintiéndonos y confesándole nuestros pecados, no para volver a salvarnos, porque somos salvos eternamente, sino para restaurar nuestra comunión con Él, que fue interrumpida a consecuencia de un pecado.

También plantea ese principio que nos podemos reconocer por medio de los frutos del Espíritu, y que el verdadero hijo de Dios no puede vivir en forma constante en el mismo pecado, es decir, practicar el pecado, porque aquel que lo haga, está demostrando que nunca ha sido hijo de Dios, y lo que necesita tal persona, por ejemplo, si su pecado que practica es el alcoholismo, no nos recomienda orar para que deje de beber, sino lo que necesita tal persona es nacer de nuevo y aceptar al Señor Jesucristo en su corazón.

Solamente el Señor puede producir en esa persona un lavamiento real y verdadero, con repercusiones para toda una eternidad. El lavamiento regenerador debe comenzar desde adentro y ser obra del Espíritu Santo, no por medios y esfuerzos humanos o a través de terapias. No debemos buscar que tal persona ordene su vida primeramente para después llevarlo al Señor.

Sería el mismo error que cometió un mendigo que llamó la atención de un pintor por los rasgos tan duros y marcados de la vida de miseria que llevaba, y le ofreció al mendigo un dinero si fuera a su taller para pintarlo. Pero cuando se presentó ante el artista, venía lavado, afeitado y se había cambiado de vestiduras por otras de mejor calidad. Obviamente que el pintor lo rechazó, porque esa no era la persona que buscaba.

La primera carta del apóstol Juan es muy pequeña, y siempre será muy saludable leerla íntegramente de una sola vez para entenderla mejor. En 1Jn.1:8 afirma: " Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros".

Es decir, nos está asegurando que TODOS los hijos de Dios continuamos pecando, y si alguno dice que no peca, ha añadido otro más a su lista, mentir, porque es parte de nuestra naturaleza humana donde aún continúa morando el pecado, como lo asegura también Pablo en Rom 7:17-23 "De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí . Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros".

Satanás siempre quiere sacar ventajas sobre nuestra condición humana, y cada vez que pecamos, intenta convencernos que no somos hijos de Dios y pone dudas en nuestros pensamientos sobre la seguridad de nuestra salvación. Pero no hemos de concederle esa satisfacción, porque aunque es verdad que continuamos pecando, porque solamente somos pecadores perdonados, el mismo dolor que sentimos después de cometer nuestra falta, es una evidencia irrefutable que ahora somos hijos de Dios; porque antes de nuestra conversión podíamos cometer ese pecado, pero éramos indiferentes, en cambio ahora el Espíritu Santo nos constriñe de pecado y nos mueve al arrepentimiento.

Esa es tristemente nuestra verdadera condición aunque seamos hijos de Dios, cuando hayamos dejado atrás este cuerpo de humillación y recibamos el cuerpo de gloria que nos prometió el Señor, dejaremos para siempre el pecado. Pero el apóstol Juan hace una clara diferencia entre esa condición humana nuestra, con la cual aún pecamos (1Jn.1:8), y lo que significa PRACTICAR EL PECADO (1Jn.3:8 y 9)

Dios en Su misericordia y justicia soberana ha dispuesto una disciplina también para el hijo Suyo aquí en la tierra. En Su paciencia infinita nos corrige una y otra vez, también nos exhorta a través del Espíritu Santo que también mora en nosotros para guiarnos a toda verdad, pero cuando todos esos elementos no producen efecto en la vida de un creyente para corregirse y abandonar un pecado que en forma constante está viviendo, sin considerar todas las advertencias que Dios le ha mandado; entonces Dios lo corta de este mundo y se lo lleva, ese a cometido un pecado de muerte (física) , pero igualmente el Señor se lo lleva al cielo para que no continúe desprestigiando Su iglesia acá en la tierra y acumulando más pecados en su vida.

Cuando el Espíritu Santo está exhortando por medio de Pablo a los corintios que estaban viviendo desordenadamente, les tiene que decir: 1Co 11:30-32 " Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo".

Ahora, ¿qué sucede cuando vemos a una persona que fue miembro de una iglesia, dijo haber aceptado al Señor y se bautizó y permaneció en la iglesia por algún tiempo, y luego se fue al mundo y persistió en practicar un pecado abominable? Simplemente significa que nunca fue del Señor, y aquí se cumple lo que dijo el Señor: 2Pd. 2:22 " les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno". El que hoy da muestras evidentes de no ser un hijo de Dios, es porque nunca lo fue; jamás fue una oveja del Señor, sino que simplemente una "puerca lavada".

Aquí también se cumple lo que dijo en Mt 12:43-45 "Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero".

Este es otro caso de una persona "religiosa" que ordenó su casa, pero que nunca fue un verdadero hijo de Dios, porque permaneció desocupado. Los hijos de Dios somos templos del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo mora en nosotros (1Cor.3: 16).

El hijo de Dios puede pecar, pero NO PRACTICAR EL PECADO, es decir, vivir continuamente y en forma persistente en un pecado que daña el testimonio de la iglesia, porque si es del Señor y no acata la disciplina y guía del Espíritu Santo, Dios finalmente se lo lleva, ha cometido pecado de muerte y el Señor lo saca de este mundo, como hizo con los corintios que leímos en 1Cor.11.

En consecuencia, lo que el apóstol Juan está afirmando, es que aquel que practica el pecado, no es hijo de Dios (1Jn 3:8 "El que practica el pecado es del diablo"), y lo que necesita de nosotros, es que oremos por la salvación de su alma. Y cuando vemos a un hermano (claramente se entiende que se trata de un creyente, de los que "ahora somos hijos de Dios") cometer pecado de muerte, uno que está bajo la disciplina del Señor, que en forma reiterada ha rechazado el trato amoroso de Dios y persiste en continuar con su vida desordenada desprestigiando el evangelio santo, y se hace evidente que enfrentará la muerte física, posiblemente a través de una enfermedad crónica como fruto de su propio pecado; no nos recomienda orar para que Dios lo restablezca, porque el Señor se lo llevará para que no acumule más pecados en su vida.

Este fue el caso que relata Pablo en su epístola a los corintios con esos hermanos que estaban viviendo desordenadamente, muchos de ellos estaban enfermos y otros habían muerto, "ya duermen" (1Cor.11:30-32). Dios no va a permitir que un hijo suyo continúe en forma indefinida viviendo en el pecado, porque finalmente lo cortará.

Algunos me preguntan: "Entonces ¿por qué Dios no se lleva a tantos pastores que están dañando el testimonio de la iglesia con el comercio desvergonzado que hacen usando el nombre del Señor?" Y la respuesta es simple: Porque esos nunca han sido del Señor, estos quedan dentro de aquellos que menciona en Mt. 7:22-23 "MUCHOS me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad".

Porque es necesario que el juicio de Dios comience primeramente por los que son suyos, después, cuando concluya el día de la Gracia, los inconversos serán juzgados. 1Pd. 4:17 "Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?"

Por lo tanto, esta primera epístola de Juan, de ninguna manera está avalando esa doctrina espuria y errónea de los romanistas, cuando hacen una diferencia entre pecados mortales y "veniales". Todos los pecados son igualmente repugnantes ante el Dios Santo y merecen la misma condenación, la muerte. No olvidemos que Dios expulsó del Jardín del Edén a Adán y Eva por un sólo pecado, y debieron enfrentar la muerte espiritual (ser separados de Su presencia) y finalmente morir físicamente. Porque la paga del pecado es muerte, no existe esa división entre pecados mortales y "veniales". Todos los pecados son mortales.

Que el Señor nos dé más odio al pecado y más ansias de vivir santamente, para poder disfrutar más plenamente de su dulce comunión, porque Él habita en la altura de la Santidad. Is. 57:15 "Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados".

Sí Señor, ya no somos gusanos para vivir arrastrándonos en el polvo de este mundo, sino que hemos recibido alas para remontarnos a tus alturas. Somos una nueva criatura, todas las cosas viejas han pasado y todas han sido hechas nuevas. Danos fuerzas para volar diariamente hasta tú presencia y que podamos vivir vidas victoriosas, porque somos más que vencedores en Cristo Jesús, Amén, sí Señor.

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