Salmos


Por Jack Fleming





















SALMO 6


Pidiendo misericordia en tiempos de prueba


Al músico principal, en Neginot, sobre Seminit. Salmo de David

"Jehová, no me reprendas en tu enojo, ni me castigues con tu ira. Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy enfermo; sáname, oh Jehová, porque mis huesos se estremecen.

Mi alma también está muy turbada; y tú, Jehová, ¿hasta cuándo? Vuélvete, oh Jehová, libra mi alma; sálvame por tu misericordia. Porque en la muerte no hay memoria de ti; en el Seol, ¿quién te alabará?

Me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas.

Mis ojos están gastados de sufrir; se han envejecido a causa de todos mis angustiadores.

Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad; porque Jehová ha oído la voz de mi lloro. Jehová ha oído mi ruego; ha recibido Jehová mi oración.

Se avergonzarán y se turbarán mucho todos mis enemigos; se volverán y serán avergonzados de repente".




En este precioso salmo podemos ver con cuanta espontaneidad David abre su corazón ante el Señor. Los primeros versículos reflejan su angustia y dolor, pero concluye el salmo con un cántico; semejante a un día de tormenta que luego se aclara para dar paso a un sol resplandeciente que brilla en medio de un cielo azul.

David acude ante Dios para expresarle su dolor por la enfermedad que aflige su cuerpo, la turbación que hay en su mente y el agravio de sus enemigos. ¿A quién otro podría acudir un hijo angustiado, sino a su Padre celestial?

El salmista reconoce que gran parte de su dolor es consecuencia de su pecado, por esta razón Dios tiene motivos para mostrar Su enojo con él. "Jehová, no me reprendas en tu enojo, ni me castigues con tu ira".

Porque él sabe que Dios al que ama castiga, lo disciplina para su corrección y bien. Como dice en 1Cor.11:32 "somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo".

Dios no quiere que ninguno de los creyentes sea arrastrado por el pecado al mundo. Él desea que disfrute de Su comunión y las bendiciones que anhela otorgarle, dentro del plan de santidad y gracia que ha dispuesto para sus hijos.

Pero nuestro pecado se levanta como una barrera insoslayable entre Él el Santo, y nosotros los pecadores. Para que restauremos nuestra comunión con el Señor y volvamos a gozar de Sus bendiciones, Él necesita corregirnos.

En Heb. 12: 6-11 dice: "el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos, porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.
Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?
Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.
Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados".

Cuando pecamos y confesamos nuestra falta al Señor, obtenemos el perdón inmediato, sin necesitad de acudir a ningún intermediario, porque nuestro Padre Celestial ha establecido una "línea" directa a través del Señor Jesucristo para cada uno de sus hijos.

Pero no siempre podemos eludir la cosecha de nuestro pecado. El Señor dijo que todo lo que el hombre sembrare, eso también cosechará, y es en esa condición que solamente podemos clamar y apelar a la misericordia divina, para que tenga compasión de un ser tan miserable como nosotros.

Porque aunque seamos hijos de Dios, no somos más que pecadores perdonados, en quienes todavía mora el pecado. Y muchas veces queriendo hacer el bien, hallamos una fuerza contraria en nuestra naturaleza que nos arrastra a hacer el mal.

Y es entonces, que al igual que David, podemos únicamente clamar: "Ten misericordia de mí, Señor". Recién en este punto que David le habla de su enfermedad física y anímica: "Mis huesos se estremecen y mi alma está muy turbada". Le lleva su enfermedad física al médico divino; pero quizás lo que le causaba mayor dolor, era la depresión que angustiaba su alma.

Terrible es para el hombre sufrir dolores en su cuerpo y además en su alma. Y clama con un grito de angustia ¿Hasta cuándo Señor?
Muchas de las enfermedades que afectan el cuerpo, son sicosomáticas, es decir, tienen su origen en un estado depresivo o psíquico; se las califica así porque provienen de alguna angustia emocional o desequilibrio mental.

Personas, que sin tener ninguna enfermedad física real, pueden quedar ciegas, sordas, inválidas o padecer cualquier otra patología, sufriendo todos los síntomas y dolores reales como si los tuviera, pero todo se debe a un problema en su mente. Este es el tipo de enfermedades que principalmente "sanan" los curanderos y milagreros.

Pero parece que ésta no era la condición de David. Sufría una enfermedad real, la cual se agudizaba por la aflicción que inundaba su alma ¿Debemos pedir a Dios que nos sane cuando estamos enfermos? El ejemplo que hayamos en la Biblia es que sí.

Aquí David esta rogando al Señor por sanidad. Otro ejemplo lo encontramos en el apóstol Pablo, que padecía de una enfermedad que afligía su cuerpo.
Una persona tan importante y útil para la obra del Señor está clamando para que lo sane, y no una vez, ni dos, sino hasta tres veces pidió con gran angustia a Dios.

Pedir al Señor por sanidad es una libertad que todos tenemos, pero no podemos obligar a Dios que nos sane, eso es algo que está únicamente dentro de Su voluntad soberana de acuerdo a sus planes eternos. Prueba indiscutible de esto, es que continúan existiendo los hospitales en el mundo, incluso para los creyentes.

Dios nunca ha prometido que sanaría a todos en este cuerpo limitado a nuestra condición terrenal. Cuando el Señor se acercó al estanque de Betesda, había muchos enfermos. Jn. 5:3 -6 "En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?" El Señor dentro de Su voluntad Soberana, decidió sanar únicamente a uno dentro de toda esa multitud de enfermos.

El apóstol Pablo, cuando oró tres veces pidiendo ser sanado, no recibió la sanidad que rogaba, y esto no fue por falta de fe del apóstol, sino que no estaba dentro de los planes eternos de Dios concederle ese favor, y le dijo: "Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad". Y debido a esa condición el apóstol pudo decir más tarde: 2Co 11:29 "¿Quién enferma, y yo no enfermo?" Gal 4:13 "Pues vosotros sabéis que a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio al principio".

Sabemos que es muy fácil para los curanderos y milagreros modernos adjudicar falta de fe de parte del enfermo que no es sanado, pero esas son astucias fraudulentas y crueles muy recurrentes por estos embaucadores que se enriquecen manipulando el nombre bendito del Señor de la gloria.

Otro ejemplo y mucho más dramático fue el de Job. Su alma se desgarraba por el dolor que lo acosaba, y su cuerpo era consumido por una sarna maligna desde la planta del pie hasta su cabeza.

El grito muy humano de David fue: ¿Hasta cuándo Señor? Aquí vemos que el dolor lo hizo volverse al médico divino y cogerse únicamente de Su misericordia.

No sabemos si recibió la curación a la enfermedad física que lo atormentaba, pero sí vemos que su alma fue robustecida. Pudo ver la luz al final del oscuro túnel por el cual transitaba.

Qué cambio más profundo vemos aquí, el que se quejaba, lloraba y se sentía sin remedio como lo expresa en los versos 6 y 7 "Me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas. Mis ojos están gastados de sufrir; se han envejecido a causa de todos mis angustiadores".

Ahora mira hacia arriba, y en vez de la tormenta que congelaba su ser, logra ver un sol radiante; el Sol de justicia que comienza a iluminar y calentar su alma. Los rayos de la misericordia divina se depositan sobre él y comienza a sentir la mano amorosa del Señor junto a él.

En este instante no se encuentra sólo, desamparado, enfermo ni atemorizado de sus enemigos; siente que Dios le escucha. Esta fue también la experiencia de Pedro cuando caminó sobre las aguas, pudo hacerlo solamente cuando mantuvo sus ojos en el Señor, pero en el momento mismo que los apartó de Él; para mirar la tormenta y las olas, comenzó a hundirse.

Únicamente cuando apartemos los ojos de la tormenta y los fijemos en el Señor, podremos caminar sobre los problemas, y al mismo tiempo acercarnos más al Señor.

En Heb. 12:2 Dios nos dice: "puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios".

Cuando ponemos los ojos en Jesús, es cuando menospreciaremos nuestros problemas, es decir, en vez de magnificarlos y ser motivos de depresión; el gozo de la comunión con nuestro glorioso Salvador, nos hará ver insignificantes todas las aflicciones que nos acongojan.

En el instante que David entiende que Dios lo escucha y percibe Su presencia, entonces hasta el temor de sus adversarios desaparece. El miedo que lo deprimía se ha convertido en osadía y reprende a sus enemigos: Sal. 6:8 "Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad; porque Jehová ha oído la voz de mi lloro, Jehová ha oído mi ruego; ha recibido Jehová mi oración".

El creyente depresivo es aquel que está mirando únicamente la tormenta que le rodea, y actuará al igual que Elías, se encerrará en una cueva y llorará su amargura pidiéndole al Señor que se lo lleve.

Pero hasta allí llega el Dios de amor y le dice: "¿Qué haces aquí, Elías?" y él contestó: "sólo yo he quedado". Hoy también la voz del Señor llega hasta tu hogar, lugar de trabajo o hasta tu lecho de enfermo y te dice: ¿Qué haces aquí llorando tu angustia?

El Señor te dice: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Venid a mí y hallaréis descanso para vuestra alma".
Acude a Cristo y verás que tu aflicción se transformará en gozo, tu temor en coraje.

Sólo en los brazos del Señor hallarás la paz que anhelas. Ven a Cristo, y al igual que David, tu dolor se transformará en júbilo, porque el gozo del Señor te inundará, y esto comenzará el mismo instante en que comprendas que "Jehová ha oído mi ruego, y ha recibido mi oración".

Que así sea, Amén.



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