2.- EL ALTAR DE LOS SACRIFICIOS, llamado también el altar del holocausto o altar de bronce
(Ex.27:1-8).
Lo primero que encontraba el
que entraba al atrio, era ese altar. Allí ardía continuamente un sacrificio que
se presentaba por la mañana, y otro por la tarde.
Curiosamente (para la mente
humana) ese mobiliario que tenía como propósito asar y consumir un cordero en
las llamas de un fuego que nunca se apagaba, Dios ordenó hacerlo de madera,
pero revestido de bronce para que fuera resistente al fuego ¿Por qué no fue
simplemente todo de bronce? Porque allí nos está hablando de esa doble
naturaleza del Señor Jesucristo. La madera representa su bendita humanidad.
Cristo es la puerta, pero también
es el Cordero de Dios que libera perpetuamente al pecador del fuego que nunca
se apaga, porque él pagó ese precio que nosotros merecíamos. Sin ese sacrificio
que se presentaba en holocausto, para satisfacer la justicia divina que había
determinado que “la paga del pecado es muerte”, era imposible acercarse al interior del tabernáculo donde estaba
la presencia del Señor.
De igual modo, sin el
sacrificio único y perfecto, realizado una sola vez para siempre por el Señor
Jesucristo en la cruz del Calvario, nadie puede acercarse a Dios.