4.- LAS CORTINAS. El tabernáculo era de madera, pero estaba
cubierto por cuatro cortinas diferentes: Azul, nos habla de lo celestial, y era
lo que se veía desde adentro. Púrpura, de su realeza. Carmesí, de su sacrificio. Y la que cubría finalmente todo el
tabernáculo, era una de pieles de carneros. Desde afuera solamente se podía contemplar
pieles de carneros, la obra de Cristo cual el Cordero de Dios, pero desde su
interior, toda su Gloria y Divinidad. Desde afuera, sin atractivo para que le
deseemos (Is.53:2), pero muy diferente es desde adentro.
En el atrio estaba el altar de
los holocaustos y el lavacro, que eran de bronce, pero en el interior del
tabernáculo todos los muebles y utensilios eran de oro, representando la gloria
de Su presencia; aún las cortinas tenían bordados de oro. Todo ese esplendor
podía ser visto únicamente por medio de la luz que brillaba desde el interior,
la cual provenía exclusivamente desde el candelabro de oro.
Allí no había ventanas que
permitieran el acceso a la luz del
exterior. Así también debería ser en la iglesia, cual casa de Dios; pero
lamentablemente sabemos que las iglesias de hoy están llenas de luces del
mundo: Predicadores estrellas, cantantes y conjuntos musicales que iluminan de
alegría el rostro de las multitudes, shows y otros brillos propios de LUZbel,
pero Cristo está fuera, llamando a la puerta para que lo dejen entrar
(Ap.3:20).