
Capítulo 6
"Los israelitas tenían restricciones para llegar
a la presencia de Dios. La iglesia tiene libertad".
Desde la creación del hombre Dios ha deseado mantener una
relación directa con nosotros. Pero vemos que desde el día
que el hombre pecó, se interpuso una barrera insoslayable
entre él, el Santo, y nosotros los pecadores.
La reacción natural y espontánea del hombre, el día
que pecó fue Gn.3:8 "se escondieron de la presencia
de Jehová Dios entre los árboles del huerto".
Introduciéndose de este modo la muerte espiritual, que trajo
como consecuencia lógica la muerte física.
Pero Dios no dejó al hombre indefinidamente en esta condición
de pecado, que lo alejaba de Su presencia. El Ser Supremo proveyó
para su criatura caída, túnicas que lo capacitaron
para comparecer ante Dios (Gn.3:21).
Luego que concluyó la dispensación de la inocencia,
el Señor en Su deseo de mantener un contacto directo con
el hombre, introduce la dispensación de la Conciencia y de
la Promesa.
En ambas, no solamente se destaca el gobierno humano;
sino la característica de que el padre de familia pasa a
ejercer funciones sacerdotales. Dios en Su Santidad, no podía
mantener una comunión directa con todos los hombres, debido
al pecado de éste.
El mundo siguió poblándose, y no solamente el número
de habitantes se multiplicó, sino que también el pecado.
Fue así como el pacto Edénico fue reemplazado por
el pacto con Noé, que culminó con un juicio universal.
Al fracaso de éste, Dios en su infinita paciencia y misericordia,
establece un nuevo pacto, ahora con Abraham, Gn.15:18 "En aquel
día hizo Jehová un pacto con Abraham, diciendo: A
tu descendencia daré esta tierra, desde el río de
Egipto hasta el río Éufrates".
Una vez más, debido
al fracaso del hombre, éste se pierde la bendición
de Dios. Pero también ante cada fallo humano, vuelve a resaltar
con mayor esplendor y nitidez la misericordia y paciencia del Señor,
Rm.5:20 "cuando el pecado abundó, sobreabundó
la gracia". Y fue así como estableció otro pacto,
ahora con Moisés da inicio a una nueva dispensación,
la de la ley.
Fue precisamente durante la entrega de esa ley, que el hombre se
aterró ante la presencia de su creador y buscó un
intermediario, Ex.20:18 "Todo el pueblo observaba el estruendo
y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que
humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron lejos.
Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros
oiremos, pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos".
El deseo de Dios era que todo el pueblo de la nación de Israel
fueran sacerdotes, pero una vez más a consecuencia del pecado,
ese privilegio recayó únicamente sobre la tribu de
Leví.
Las demandas de la Santidad de Dios eran tan rigurosas, que si esos
sacerdotes faltaban o cambiaban algunas de las ordenanzas divinas,
eran castigados severamente; como se manifiesta en Lv.10 donde se
relata el caso de los sacerdotes Nadab y Abiú, que pagaron
con sus vidas su insensatez de cumplir con todas las demandas de
sus ofrendas, pero fallaron en una, al ofrecerla con fuego extraño
que Dios no había mandado.
El acceso al lugar más santo, o lugar santísimo, estaba
limitado al sumo sacerdote; éste podía hacerlo únicamente
una vez al año y no sin antes cumplir con una serie de ordenanzas,
llevando toda su indumentaria.
Cuando comparamos estas restricciones que tenían los israelitas
con la tremenda libertad que posee el cristiano, quedamos maravillados.
Ese velo que separaba el lugar Santo del Santísimo y que
impedía el libre acceso de los sacerdotes, Dios mismo lo
rasgó de arriba abajo cuando el Señor Jesucristo murió
en la cruz, dejando literalmente libre el paso para todos los sacerdotes
a Su presencia.
Tan amplia y perfecta fue la ofrenda que Cristo presentó
por nuestros pecados, que ahora no existe nada que se interponga
entre Dios y los sacerdotes de la iglesia del Señor.
Rm.8:1 "ninguna condenación hay para los que están
en Cristo Jesús".
Heb.10:17-18 "y nunca más me acordaré de sus
pecados y transgresiones. Pues donde hay remisión de éstos,
no hay más ofrenda por el pecado".
Col.2:13 "perdonándoos todos los pecados".
Habiendo Dios eliminado el juicio de todos nuestros pecados, debido
a que Cristo pagó por ellos; ya no existe esa barrera que
nos separaba de Su presencia.
Heb.10:19-20 "Así que, hermanos, teniendo libertad para
entrar en el lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,
por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través
del velo, esto es, de su carne". Añade en Heb.4:16 "acerquémonos,
pues, confiadamente".
Cuando Cristo, con voz de triunfo, como literalmente dice la Biblia:
"a gran voz, entregó Su espíritu", murió.
Y para autenticar su muerte ante el mundo, vino el soldado romano
con su lanza y traspasó el costado del Señor. Desde
ese momento quedaba abierto el camino a la presencia de Dios.
Se
cumplió lo que dice en Is.61:10 "En gran manera me gozaré
en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque
me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó
de manto de justicia".
Cada cristiano perdonado y salvado en la sangre del Señor,
sabe perfectamente lo que dice Pablo en Rm.7:17 que aunque ahora
somos hijos de Dios, reyes y sacerdotes; lamentablemente el pecado
sigue morando en nosotros, porque hemos sido liberados del juicio
del pecado y de la esclavitud de éste.
Pero el Señor
nos ha revestido de Su manto de justicia y nos ve recubiertos de
la santidad del Señor por medio de Su sangre bendita.
No es en nuestros méritos, que nada son, o como lo dice mejor
el apóstol Pablo, nuestros méritos personales son
como trapos de inmundicia. Dios nos acepta en la obra del Señor
Jesucristo.